viernes, agosto 03, 2012

Inciso vacacional: Damero Mardito, nº 40 (agosto)

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Francisco Rubio "el Mosca"

Bernardo Fuentes, para mitigar el aburrimiento que embargaban sus interminables tardes de soledad, se compró un canario y su correspondiente jaula, esperando que los cantos del pajarillo amenizasen sus horas de soltería. 

El ave era desde luego preciosa, al igual que la jaula de dorado latón provista de todos los accesorios: bebedero, comedero, bañerita, columpio y hasta un hueso de calamar para que su habitante se afilase el pico. Bernardo resolvió pronto el dilema que representó poner un nombre al canario, y fue así que lo bautizó como 'Currito', nombre, la verdad, no demasiado original pero sí muy en relación con su convencional personalidad. Una vez instalado en el rincón más alegre y luminoso del saloncito, 'Currito' no tardó mucho tiempo en trinar bellas melodías que sorprendieron a su amo por su brillantez, volumen y limpieza de ejecución. Bernardo, por fin, se sintió casi feliz. 

Bernardo también disfrutaba limpiando la jaula y reponiendo el alpiste de 'Currito'. Nada le satisfacía más que comprobar como día a día, el pajarillo, además de perfeccionar su canto, desarrollaba un plumaje sano, un pico fuerte y unos ojos como cabezas de alfileres de cristal negro. “Vamos a ser muy amigos, Currito; lo que me apena es que tengas que estar encerrado... Verás, un día de estos voy a cerrar las puertas y ventanas del saloncito y te dejaré que vueles libre en recompensa por las horas maravillosas que proporciona tu compañía”. Y fue así que decidido y en poco tiempo, Bernardo llevó a cabo su proyecto.

Una tarde de esas templadas del mes de septiembre, abrió la jaula dorada de 'Currito'. El canario tardó unos minutos en abandonar su encierro; pero una vez en el exterior, revoloteó por toda la habitación con un vuelo torpe que le hacía golpearse contra los muebles y cortinajes. Bernardo estaba aterrado y 'Currito' muy asustado porque después, mientras se hallaba sujeto a duras penas en un brazo de la lámpara del techo, defecó varias porciones de excremento blanquiverde que fueron a parar justamente sobre la pantalla del televisor, el objeto más preciado en la vida de Bernardo. “¡No, Currito, no te hagas caquita encima de la tele, por favor te lo pido, que es la otra cosa que me acompaña y alivia mi soledad!” Pero claro, el pajarito no atendía a razones, y continuó expulsando cagarrutas con una velocidad y volumen asombroso dado lo pequeño de su cuerpo hasta hacer que el televisor pareciera un blanco merengue paralelepípedo. 

Esto ya no gustó nada a Bernardo, que entendiendo inútiles sus recriminaciones, gritos y aspavientos, se vio obligado a tomar de la cocina un potente espray insecticida que roció sobre 'Currito' en tan exageradas dosis que lo dejó tieso. Cayó fulminado sobre el propio televisor, mientras Bernardo no se asfixió de milagro. La soledad no elegida es terrible, sí. 

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